viernes, 1 de julio de 2011

Leyendas de Canarias (VIII): Ferinto, El Bimbache

Cuenta la leyenda que a la isla de Eseró, El Hierro, arribó el barco del francés Jean de Bethencourt con un ejercito de castellanos con el objetivo de invadir la isla y tomar esclavos para posteriormente venderlos y ganar cuantiosas monedas de oro.

En la isla vivían libres y felices los bimbaches (es el nombre que recibían los pobladores de la isla de El Hierro que controlaron la Isla antes de la Conquista castellana) dedicados al pastoreo y al cultivo de la tierra; entre ellos vivía un jóven llamado Ferinto el cual disfrutaba despreocupado de la libertad que le daba su edad.

La noticia de la llegada de los castellanos pronto voló, como el viento, por toda la isla. Era normal que los bimbaches comerciasen con mercaderes venidos de no se sabe dónde. Para el comercio, o trueque, solían ofrecer leche o carne de cabra, agua o quesos a cambio de ricas pieles o de algún cuchillo material desconocido para ellos pero ahora intuían que, esa llegada masiva de gentes armadas, no presagiaba nada bueno. Y así fue. El robo y la rapiña de los poblados más próximos a la costa dejaban claras las intenciones del ejército invasor así que muchos bimbaches huyeron hacia el centro de la isla llevando consigo las pocas pertencias que tenían así como todo el ganado de cabras y ovejas. Había que proteger niños, personas mayores y mujeres pues experiencias pasadas, de otros desembarcos, habían dejado recuerdos desagradables en los miembros de la tribu. Ahora el peligro parecía mucho mayor pues venía mayor número de guerreros y buques.


Ante este panorama Ferinto pronto se convertiría en el azote de los invasores a los cuales atacaba tomaba lo que podía y huía a esconderse. Los ataques eran continuos y nunca a la misma hora ni lugar; como conocía el terreno como la palma de su mano nunca conseguían apresarlo.

De esta manera Ferinto pronto llegó a convertirse en una molestia para el ejercito invasor. Lo perseguían pero él corria más rápido que aquellos pesados y lentos extranjeros que tenían que arrastrar, y llevar consigo, cascos y armaduras. El jóven sabía que nunca lograrían atraparle por lo que se sentía cada vez más feliz. Se había convertido en una especie de Robin Hood para su pueblo.

Pero un día, alguien de la tribu, deseoso tal vez de conocer otras culturas diferentes a la suya, pactó con Jean de Bethencourt la forma de atraparlo a cambio de promesas que nunca se verían cumplidas.

Tras saber el lugar exacto de la cueva de Ferinto el alto mando del ejército invasor se reunió y acordaron la forma de atrapar al bimbache. Decidieron que un primer batallón lo perseguría y un segundo batallón le intentaría cortar la retirada. Para eso el segundo batallón tendría que partir primero y avanzar más rapido que el primero. Las tropas invasoras partieron muy temprano para intentar apresarlo.

Esa mañana Ferinto dormía plácidamente pues desconocía la traición que le habían hecho y no imaginaba que más de 200 hombres fuertemente armados se dirigían a rodear su modesta cueva que le servia como vivienda.

Pero como el ejército invasor no se movía con seguridad entre la maleza (rompían ramas al avanzar, aullentaban a los pájaros que abandonaban volando sus nidos...), terminaron por despertar y poner en sobreaviso a Ferinto el cual, extrañado ante los ruidos a esa hora de la mañana, decidió asomarse sigilosamente a la entrada de su cueva y mirar hacia a lo lejos descubriendo, horrorizado, a los extranjeros que avanzaban lentos pero seguros.


Ferinto saltó como un gato acorralado y logró huir pero llegó hasta el borde de un profundo barranco muy próximo a Valverde, la capital. Desesperado intentó correr y correr buscando un lugar propicio para poder saltar, pero sus perseguidores estrechaban el cerco más y mas.


Delante de él estaban el profundo barranco y detrás los castellanos amenazandolo con sus armas. De un extremo a otro del barranco distaban varios metros que Ferinto nunca antes se había atrevido a saltar pues un simple error en el cálculo del salto podría suponer su muerte segura.

El jóven bimbache miró al cielo, vio las nubes, a los pájaros volar libres, miró los árboles que crecían fuertes y libres, miró hacia el fondo del barranco y se planteó tirarse al vacío y morir libre o morir luchando. Pero ¿y si en lugar de morir en la lucha lo hacían prisionero?.


El fresco de la mañana acariciaba sus mejillas y los castellanos avanzaban amenazantes. Cerró los ojos y, sin nadie esperarlo, corrió hacia el enemigo los cuales se aprestaron a cargar sus armas. No pensaba enfrentarse a ellos, simplemente lo hizo para coger carrera. Dió media vuelta, tomó aliento, corrió hacia el borde del barranco, flexionó las piernas y, tomando impulso, saltó con tanta fuerza y desespero que consiguió llegar al otro extremo del barranco. Se agarró fuertemente como pudo a los salientes para evitar caer y cuando hubo llegado arriba rió y brincó de alegría ¡¡había conseguido escapar de sus perseguidores!!.

Pronto la sonrisa se le heló en su rostro pues sobresaltado descubrió que, a pocos metros de donde se encontraba le esperaba el segundo batallón del ejército invasor con sus armas preparadas.

El semblante de Ferinto se ensombreció. Comprendió que allí acababa definitivamente su libertad y la de su pueblo. Fue tal la tristeza la amargura y el dolor que sintió que el jóven bimbache lanzó un grito de rabia, tan alto y fuerte que retumbó en las paredes del barranco recorriendo toda la isla de norte a sur y de este a oeste. Ese grito desgarrado llegó hasta el poblado de La Dehesa, en el otro extremo de El Hierro donde vivía su madre la cual, al escucharlo se estremeció y comentó con voz triste "mi hijo ha sido vencido".


Actualmente, al lugar en que realizó este gran salto, se le conoce como "El Salto del Guanche".
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1 comentario:

mis letras dijo...

¡Que buena docuemtación!, gracias por subirla. Tienes un premio en mi blog, espero que pases a recogerlo y te guste. Un abrazo.